30.9.16

Fernando Peña, Gracias por volar conmigo

Rarezas del StreetView
Allá por 2007 Fernando Peña editó un libro biográfico plagado de anécdotas entre la diversión y reflexión. Si bien no suelo masticar libros biográficos este es uno que les recomiendo (tal vez todos los libros biográficos estén buenos y yo crea que este es una excepción, no me animaría a negarlo hasta no intentar leer varios) ya que está bien escrito (se adecúa a un canón de estilo, tiene una trama podríamos decir) y es, además de muy digestible, dinámico. Me tomé la libertad de digitalizarlo, Scribd me lo baneó por Copyrights (los invito a que visiten La Idioteca en Scribd) y se me ocurrió ponerlo en descarga libre por MF. Así que nada, si quieren lo descargan y le pegan una leída, yo lo recomiendo.

27.9.16

La sociedad de la decepción; Lipovetski


En La sociedad de la decepción Lipovetski observa la sociedad desde un punto de vista lacaniano. Toma el concepto de Decepción en Lacan para aplicarlo a la sociedad del hiperconsumo. Decepción en Lacan significa desear algo que crea una pulsión que se extingue al consumarse, en el momento en que es obtenido deja de ser deseado, por cual crea una paradoxa, el hombre pierde su llama, su pulsión intrínseca de deseo. Apagar el deseo es entonces encender la muerte, o el fin; lo que es similar a hablar de extinción del placer y el dolor al mismo tiempo. Lipovestki entonces aplica eso al indudable desarrollo consumista del sistema occidental, sistema en el cual el comprador (no le llamemos más ciudadano, ni ninguno de los otros eufemismos...) vale por lo que puede adquirir, y lo que adquiere no es sino algo carente de valor ontológico. Es entonces que en tanto más consume más se decepciona y vuelve a buscar algo más que consumir. Se acaba siendo un siervo, casi un esclavo del consumo que desea, "trata de poseer para poseerse a sí mismo", dice el autor. Un sistema en el que no sólo hay una disección pobre-rico dentro de la cual el rico se alimenta del pobre a la vez que le teme y margina (el pobre hace lo mismo, come de trabajar para el rico, y también le teme y lo margina) sino que ya es un un sistema perforado por dinámicas de la obtención de creación de valor material. La moral del comprador como destino inevitable, a esta altura todo esto forma parte del sentido común. El vacío existencial que tienen los ricos es creado por su propio consumo, dice Lipovetsky.
Este concepto es un lugar común de parte de todos los intelectuales frankfortianos, y es tratado por Lipovetski con una delicadeza tal que nos pasa inadvertido, bien justificado y razonable. Lo vemos como una conclusión inevitablemente lógica (Ellos que lo poseen todo, se darán cuenta de que todo no es nada... son tan miserables que todo lo que tienen es algo por lo que han debido pagar dinero). Y el encanto de Lipovetski, aparte de que escribe cosas con tinte parecido siempre pero de alguna forma se reinventa (ver La era del vacío, La tercer mujer, El imperio de lo efímero, El crepúsculo del deber...) está también en que en alguna de sus conclusiones puede sonar como un viejo clisé romántico con reminiscencias comunistas, pero la forma en que llega a esa conclusión suele no ser falaz, ser original y ser abrumadoramente irrefutable. Tiene un talento especial para encontrar caminos nuevos que llevan a lugares más o menos conocidos por alguien con dos dedos de frente.

25.9.16

banach tarski emocional

La paradoja de Banach–Tarski es parte de la teoría geométrica de conjuntos y dice algo así como que dada una bola tridimensional, existe la posibilidad de descomponerla en un número finito de piezas, que pueden juntarse de nuevo siendo ensambladas de modo diferente para dar dos copias idénticas de la bola original. este proceso no requiere de ninguna magia, los cálculos desarrollados por los dos autores (banach & tarski, claro) explican (teóricamente, al menos) esta posiblidad. se llega a conclusiones tales como "un poroto puede ser desarmado para volver a ser armado con el tamaño del Sol", entrecomillado que tal vez resulte apenas exagerado, cuando menos. 
lo que trae a banach y a tarski a la idioteca no es tanto su paradójico teorema (muy romántico pero incomprensible para un lelo en matemáticas como yo) sino su aplicación emocional. el apego psicológico a otras personas, que forma parte de eso que muchos confunden con el concepto ilusorio conocido como "amor", responde frecuentemente a una lógica banach-tarskiana. podemos trozar nuestra magnitud inicial de apego para volver a ensamblarla en dos apegos del mismo tamaño, independientes uno de otro. lo complejo de la comprensión de un proceso paradójico es lo que genera el conflicto del ser que "ama" a dos personas (o más) al mismo tiempo. la psicología (por ponerle una palabra, asumo que el lector, Ud, me va a sobreentender) no entiende de leyes de atracción o no, los mecanismos que operan en nuestra forma de sentir seguramente no podamos comprenderlos ni nosotros mismos. y no es raro que nosotros no sepamos explicar cómo, porqué o de qué forma queremos lo que queremos (o lo que creemos querer), es harto razonable que no entendamos qué es lo que sentimos, del mismo modo que una serpiente es ciertamente incapaz de explicar como es que se las ingenia para reptar, de ese modo nosotros tampoco podemos comprender la lógica de lo que somos, nuestra naturaleza. 

21.9.16

Tradición y Renovación

En Tradición y renovación, Rodríguez Monegal desarrolla una tesis sobre la cultura literaria latinoamericana. Dicha tesis está bien explicitada en el propio título: existe una tradición de ruptura, renovación, en el ADN literario de sudamérica. Así, entonces, cada vanguardia es un ir atrás y adelante, una reverberación que constantemente trata de negar su pasado creando nuevas criaturas poéticas pero se encuentra con que su pasado es el haberse renovado, la constancia de ser inconstante.

Recuerdos traumáticos no conscientes

Los inicios de la Literatura latinoamericana se dan en los finales del S XIX y tienen, desde un comienzo la marcada intención desvinculante de la influencia que corrientes europeas podrían haber ejercido sobre una América Latina en plena efervescencia independentista. Esa negación del pasado parece haber actuado como un recuerdo traumático que subyace y lleva a las letras latinoamericanas a estar en constante evocación de dicho comportamiento. Una reminiscencia interna tan profunda y delicada como para actuar más sobre la estructura epistemológica de la creación que sobre un aspecto reflexivo; no se es consciente de que lo que se está haciendo es repetir una y otra vez el mismo bucle, “la misma revolución”. Casi condenado al constante cambio, Latinoamérica no cesa de renovar algo que ya podemos comenzar a cuestionarnos si es tan renovador como lo aparenta. Si obviamos el indefinible talento artístico y nos centramos en esta reflexión epistemológica sobre el arte podemos preguntarnos si cambiar implica una continuidad o un cambio, cuando lo único que parecemos estar haciendo es constantemente estar cambiando.
La imagen del trauma nos entrega apenas una faceta de la identidad literaria latinoamericana, la más íntimamente vinculada con Rubén Darío o José Martí, por ejemplo.

¿Evolución?

Ese mal gusto de poner una pregunta como subtítulo de algo, se debe a que realmente (al menos a mí, después de leer el ensayo de Emir) queda la duda, pendiendo sobre la pendiente, valga la aliteración, de si un género evoluciona cuando una de sus características más genéricas y recurrentes es aparentar revolucionarse una vez perimido cada ciclo. Cada generación muere y le deja lugar a una nueva que, sistemáticamente, niega la anterior y se autoproclama “nueva”, “moderna” y “revolucionaria”, entre apenas algunos de los adjetivos a usar. Esa novedad fresca y rebelde, en cuestión de calendario, apenas, dejará espacio a otra criatura literaria que tendrá un comportamiento similar, sino idéntico. Huella propia de la especie literaria latinoamericana, eso parece ser la idea de evolución que se tiene en la tradición de nuestras letras. Sin ser un biólogo me aventuro a suponer que no es muy evolutivo lo de repetir un mismo comportamiento una y otra vez según pasan las generaciones, sin embargo no podemos negar que hay cambios de contenido, de identidad, que se presentan en la superficie de cada vanguardia latinoamericana.
Esos cambios de identidad están, en tanto lógicos, sometidos a preceptos de la lógica elemental, como el Principio de Identidad, por ejemplo. Este principio indica que algo no puede “ser y no ser” al mismo tiempo, de lo que se desprende (para usar lenguaje reticulado de profesor de lógica...) que A es A en tanto no sea B o ninguna otra cosa. Del mismo modo, la lógica indica que si tenemos A también tenemos A (no A). Dice Emir Rodríguez Monegal que se trata de una “renovación casi ritual, de un proceso que podía calificarse de cuestionamiento de la herencia inmediata”.

Es un proceso fractal, autocontenido, porque cada vanguardia niega la anterior y contiene la génesis de la siguiente vanguardia, que la va a negar siendo evolución y revolución, al tiempo que significa el conservadurismo de siempre hacer lo mismo.
Lo de volver al pasado para dar génesis a lo nuevo tiene, sin querer creo, mucho de materialismo dialéctico, proceso acumulativo de sedimentación. Como ejemplo claro de esto podemos citar a Vicente Huidobro cuando, en El arte poética, nos invita a recitar:

“Porqué cantáis la rosa, ¡oh poetas!

Hacedla florecer en el poema;

Solo para nosotros

Viven todas las cosas bajo el sol

El Poeta es un pequeño Dios”

En este fragmento vemos como se niega una tradición, pero se lo hace con el detalle de escribirlo en romance lo cual nos invita a pensar cuál es la tradición que se critica. Del mismo modo, el hecho de no “cantar la rosa” sino “hacerla florecer en el poema” es un metatexto, un microensayo, la explicación de una estructura.

Esa unidad genealógica compuesta de una infinidad de piezas que en ningún caso habilitan eso de “la parte por el todo”, esa unidad es la literatura latinoamericana, un pastiche que históricamente ha devenido discutiendo en un soliloquio al que parece estar condenado dantescamente. Asimismo, cada vanguardia depende para su interpretación de ver qué estuvo antes. Gracias a ese diálogo interno, la intertextualidad asume un valor esencial y permite elaborar un tejido (en tanto texto) o si lo preferimos una rosa de múltiples pétalos. La poesía se pone metapoética, poesía sobre poesía: “cada lector es otro Poeta / cada poema es otro Poema” (Octavio Paz).

En 1954 Nicanor Parra edita Poemas y Antipoemas, donde se burló de Pablo Neruda y Gabriela Mistral; incluso va al extremo de la autocrítica editando luego una versión con la “Anti-Parra”, burlándose de sí mismo. Esta metapoesía coincide con un esfumamiento del género, que no desaparece, se esfuma pariendo obras cuyos géneros consisten en tener múltiples géneros. El Hacedor, de JL Borges es un ejemplo bastante evidente de este esfumamiento de los límites entre géneros literarios. Y he nombrado a El Hacedor, por nombrar apenas un texto, dado que seguramente toda la obra de Borges esté incluida en ese esfumamiento del género, lo cual lo hace algo así como una condensación de la cosa misma que es la literatura latinoamericana.

El cruce de Géneros agota como forma de expresión y, tras la poesía concreta como experimento, Rodríguez Monegal entiende que “el libro, como objeto, como máquina de leer, sólo ofrece una de las posibilidades de creación literaria”.
También, aparte del carácter fractal que se mencionaba, asistimos a la sustantivación de la literatura, la Liteturnost, Literaturidad, en este caso latinoamericana.


18.9.16

El Uróboros de Bayern

Lo genial es que quien te enferma ahora te cura. No es una cuestión que me desvele, pienso más como dice la canción, eso de que "cuando reviente yo ya no voy a estar / mirá cómo tiemblo yo ya no voy a estar", pero no deja de lucir cuanto menos paradójico. No me es necesario enumerar los comportamientos por lo menos cuestionables de Monsanto (ni los de Bayern, perteneciente a una industria que vive del negocio de mantenerte vivo pero enfermo), con pensar un poco alcanza.

14.9.16

El reencuentro de lo no perdido


La foto pertenece a la fotogalería al aire libre ubicada en Pq Rodó, muestra que en este caso incluía fotos montevideanas de los años 80. El tipo a la izquierda del pictograma digital es un señor que se reía mientras contemplaba la imagen, sonreía francamente y con los ojos inyectados en lágrimas, contagiosamente encerrado en un delirio o un recuerdo, si no son la misma cosa.
Después de un rato contemplando la situación opté preguntarle por qué se reía mientras estaba en ese mute con la foto y el tipo me explicó que él estaba en la imagen (lo marqué para que puedan verlo). Entre las cosas que me explicó se detallaron particularidades de ese recital en el cual la foto fue tomada, el tipo también, con todo el lagrimón piantado, me contó que quien estaba a su lado era su amigo, que ya falleció. Está foto la tomé con el teléfono mientras me hacía el ocupado, cuando ya había dejado de hablar con el tipo. Él no quiso dejarse fotografiar, yo le robé esta foto... y me encantaría que algún día el círculo se vuelva a cerrar dentro de otro círculo, y este tipo vuelva a verse en una foto de la que desconoce su existencia mientras se ve viendo otra foto de la desconocía su existencia. Eso no es menor, él no sabía de la existencia de la fotografía que lo emocionó, para él ver la fotografía fue resucitar algo que no estaba muerto por el simple hecho de que casi no había existido. Algo congelado por ese proceso de evolución violenta que es el crecer. Es un dato curioso, pongamos en lugar la situación, qué sentiríamos si de pronto y sin más, un día como cualquier otro, de casualidad, caminando por ahí, vemos una foto que desconocemos en la cual nos reconocemos. Ni mencionar el golpe bajísimo de un amigo que la vida, la ciudad o el guionista macabro nos ha quitado, extirpado de nuestro día a día agónico y reverberante. Yendo incluso más allá de aquello de “él ha muerto y el va a morir” de Roland Barthes (que sería un merodeo netamente teórico sobre fotografía y representación), descubrir algo que no sabíamos perdido es superior a encontrar un tesoro, es reencontrarse con algo que no dejaste de tener, porque nunca lo tuviste. En la contemplación extática y empática que Carlos (invento su nombre) hizo de esa imagen suya en otra piel se expone un pedazo de nuestro cerebro que nos explica un mecanismo / proceso dual de identificación (ese soy yo) y enajenación (ser ajeno: ese era yo / eso ya no es yo), tibies emotiva accionada en un filamento del switch de una memory card que va descongelando esa barra de hielo que tenemos en la frente y que a veces, de tanto en tanto apenas, se derrite y genera al llanto, que muere y nace para morir y nacer, hasta que el orgullo macho nos hace secarlo y poner cara de bancario agotado, de un día más en la perra vida.

13.9.16

La mujer como carencia

la hiedra ilustra
nace de una costilla, de algo que se le quita a alguien. antes de crear a la mujer cuenta el cuento que dios le presenta a adán una serie de animales: "no es bueno que el hombre esté sólo", reflexiona un dios confundido, un dios adepto a las fiestas esas en las que no sabés el nombre de casi nadie. una deidad que nunca leyó eso de que mal acompañado no vale ni la pena. apartada la opción zoofíilica la mujer es, por lo tanto, esa cosa que acompañaa adán, casi un mueble. esta mentalidad opaca y lúgubre dominó el mundo, lleva 2000 años sin prácticamente hacer cosa útil por la estirpe y va muriendo a la sombra de un pasado de inquisición y crímenes "en el nombre de". insisto, reflexionamos poco sobre lo tremendamente malo que sería que el mundo fuese como el cristianismo dice que es.

8.9.16

Pojdel y la muerte del autor

En otro de sus textos, Pojdel embiste de frente contra la educación como modo de violencia. Anticipándose a lo que autores postreros (como Pierre Bourdieu) visualizaron como un problema erróneamente atribuido al S XX, Pojdel determinó que toda intervención de la cultura en el hombre no significa sino un modo de agresión a la naturaleza humana (suponiendo que tal cosa exista).
"Conforme Guttemberg crea hacia 1440 la Imprenta, los Estados adquieren una artefacto de dominio de masas hasta entonces inexistente. No pasaron 150 años para que los Estados más vanguardistas de la época comiencen a regular normas de educación pública y obligatoria para toda su población. Estas normas hoy en apariencia útiles no eran sino la expresión de cómo los métodos de control social obtuvieron desarrollo durante esas épocas. Algo que ha de ser beneficioso para todos no encuentra razón al tiempo de revestir un carácter de sometiemiento hacia su supuesto beneficiario."
El punto de Pojdel es claro y conciso, no deberían obligarnos a recibir algo que supuestamente es bueno, si el Estado nos obliga a aceptar un servicio que aparentemente nos conviene es porque como entidad posee algún interés ajeno a nosotros en que tengamos ese "beneficio". Sergio Osta, traductor de Pojdel, hace un apunte durante su traducción de este texto llamado "201111" ("20 de noviembre de 1911" abreviado, se presume) en el que asocia los conceptos de violencia, educación y política para entender en Srce Pojdel a un precursor de lo que luego el Gobierno Nazi  llevó adelante como Política de Estado. Los comentarios de Osta pueden parecer poco elaborados pero forman parte del texto y no debemos obviarlos.
"Me parece muy sospechoso que el Estado nos obligue a recibir algo que además de beneficioso es gratuito", dispara Pojdel. "Asumo que la creación de cuentos identitarios (esto es, historias comunes que edifiquen un mínimo de conocimiento asimilable desde la más tierna edad a todos los habitantes de un mismo territorio) con personajes claramente delineados como "Buenos" o "Malos", con "Próceres" impolutos y "Villanos" en todo sentido de la palabra, es algo propio de las funciones que una Escuela debe tener, pero esta condición de unificador social ha servido para imponer otra serie de valores, vinculados muchas veces al empleo de medios de consumo", y el entramado inicial se va afinando, Srce va llegando a donde desea hacerlo con su incisiva reflexión, "los Estados convirtieron la lecto-escritura en algo obligatorio para poder fabricar clientes para la industria que ellos mismos promovieron, la industria bibliográfica, leer o escribir libros es ante todo un negocio, no nos dejemos mentir por los poetas, no nos dejemos mentir por aquellos que nos quieren hacer creer que fuimos ungidos con una bendición, somos parte de un gran comercio, que no siempre se paga con dinero sino que a menudo busca una paga vinculada con el autoestima del autor". Pojdel vuelve a adelantarse a su tiempo, prácticamente desde su paradójico escrito nos suplica que abandonemos toda pretensión lectora. Su advertencia sobre los poetas puede hacerse extensa a cualquier romántico que vea en los mecanismos de control mecanismos de liberación, Pojdel reclama a gritos por la abolición de las letras, las padece y reproduce, y busca exterminarlas desde dentro. Y nos deja claro que su problema no es con el control social en sí, "la utilización de medios de control social no se asemeja bajo ningún concepto a un crimen, el control social ante todo controla algo que los propios humanos no saben utilizar: su libertad. El control social solamente restringe las libertades individuales ¿cuál es el escándalo? Ciertamente encuentro pocas dificultades de la restricción de algo sin utilidad práctica". El problema de Pojdel parece ser con la industria bibliográfica y con la eventualidad de que un Estado controle a sus habitantes. Este texto, encontrado entre las páginas de un cuadernillo en blanco en la que supo ser su casa en Ostrava, se termina de comprender con su última oración: "poner firma a esto sería una irónica jactancia indebida, un inoperante ejercicio de altanería intelectual que no merezco, ya que en tanto simple orfebre no soy sino un ser humano ante todo enojado con su creación". Ya dijo Fernando Pessoa que su concepto de la muerte del autor estaba ligado "a la necesaria lectura de un autor checo cuyo nombre, en honor a su más interna voluntad, fingiré haber olvidado". 

1.9.16

de las impunidades cotidianas

admiro a los impunes, su irrespeto. su simpleza y efectividad para defecar sobre todo e ir por la vida soltando disparates, prejuicios y diatribas prejuiciosas por doquier. en eso la tercera edad y los enfermos terminales me sacan una gran distancia, ellos son impunes, se sienten intocables moralmente, y lo son. a nadie que está a punto de morir en cualquier momento le interesa demasiado quedar bien con nadie. de ahí también el valor de quiénes pudiendo ser impunes, nos ahorran el mal momento en que deciden serlo.
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